15 abril 2013

♥ Muelle y los saltapiedras








¿Os he contado alguna vez la historia de Muelle?

Muelle era un niño con nariz de ratón, ojos de camaleón y pelos de erizo. Él creía que podía hacer cualquier cosa que se propusiera, así de inocente era.


—Me gustaría saltar como los saltapiedras —dijo Muelle un día, lo suficientemente alto para que lo oyeran los demás.


Su madre, Ballesta, sonrió como hacen las madres; Resorte, su padre, tosió como tosen los padres; y el abuelo, movió la cabeza arriba y abajo.

Ballesta conocía la tendencia de Muelle a imaginar cosas imposibles, y mientras le peinaba los dos remolinos insumisos, con toda la paciencia de una madre, le preguntó:


—¿Qué locura es esa de soñar con saltar, como si no hubiera saltapiedras?




—¡Ah, no es ninguna locura, mamá! Seguro que puede hacerse con un poquito de práctica.

—Pero hijo, ¿no comprendes que eso es como decir que a fuerza de regarte, algún día podrás llegar a dar naranjas o peras?

Muelle ladeó la cabeza y arrugó la nariz, esforzándose por entender lo que su madre quería decirle. Después, con una sonrisa le contestó:

—Tú sabes que no es lo mismo, mamá.

En ningún momento se le ocurrió discutir con su hijo, porque sabía lo testarudo que podía llegar a ser. Por eso siguió peinándole, mirando hacia la ventana, tal vez esperando que de allí pudiera venir algún tipo de respuesta. Como no fue así, se encogió de hombros, dejando a los remolinos y a Muelle por imposibles.

—Anda, cariño —le dijo—, tómate el desayuno.

Todo esto sucedía una mañana soleada, cuando el invierno empezaba ya a despedirse de Pedregal. La hierba, se dejaba caer hacia un lado y luego hacia el otro, porque el viento así lo quería.



Por las mañanas había un verdadero revuelo de saltapiedras brincando de aquí para allá y de allá para acá.

Los niños de Pedregal se dirigían a la escuela, para aprender las cosas importantes de la vida:

Por qué la Tierra es redonda en lugar de cuadrada.

Por qué los niños viven en una barriga antes de nacer.

Por qué las cebollas nos hacen llorar en lugar de reír.

Por qué los macarrones tienen un agujero en el centro.

Y por qué hay que cerrar los armarios para que no se escape la ropa.

Pinturilla, la maestra, sabía todo eso y muchas cosas más, y se lo enseñaba a los niños para que un día, cuando fueran adultos, pudieran contárselo a sus hijos también.

Pinturilla enseñaba las razones secretas del viento para empujar a las nubes y cambiarlas de forma. También explicaba los extraños e importantes motivos que el cielo tenía, cuando le daba por aparecer vestido de tormenta, con sus rayos, sus relámpagos y sus truenos.

—Sin embargo, en Pedregal, nunca jamás lloverá —cantaban todos juntos en el cole.




Y eso era cierto, hasta donde podía recordar la maestra, porque las nubes siempre pasaban de largo y descargaban sus aguas en otros lugares.

Pinturilla sabía tanto…

Algunas mañanas bajaban al suelo. Los niños silbaban, llamando a los saltapiedras que habían regresado a sus casas, se montaban en ellos e iban con la maestra al sitio que está por debajo de las piedras, entre las plantas.

Allí descubrían todo tipo de vegetales.

Se encontraban tan quietos y firmes, agarrados con sus raíces a la tierra, que parecía que nada pudiera perturbarlos. Las pocas veces que el viento pasaba por allí, le recibían haciendo gestos simpáticos e incomprensibles con las ramas.

A Muelle le gustaba que Pinturilla explicara cosas sobre Botánica: sólo tenían que hervir unas hojas de aquella planta, para alejar el dolor de cabeza; o masticar las raíces de esa otra, si querían que se fuera el dolor de garganta.

—Esa de allí es dulce y la utilizamos para endulzar el chocolate. Esa otra es venenosa, y sin embargo no es mala, porque esa es su forma de defenderse —aclaraba la maestra.

Parecía increíble, que todo fuera así como ella lo contaba.


Por las tardes, se daban lecciones de salto. Los niños corregían sus fallos y aprendían complicados ejercicios de equilibrio sobre los saltapiedras.

Jugaban con ellos y escuchaban sus silbidos, sus pitidos y resoplidos que le hacían mucha gracia a Muelle. También les enseñaban a bailar y les daban caramelos de anís cuando se ponían nerviosos, porque eso tranquilizaba a los animales.

El maestro de saltos sabía hacer cosas que parecían imposibles, como hacer el pino sobre el lomo del animal o realizar volteretas en mitad de un salto. Sus clases eran muy entretenidas y, aunque parecían peligrosas, lo más que podía pasar era que algún niño recibiera un revolcón sobre la mullida hierba.

—Cuando el saltapiedras se incline hacia un lado, vosotros deberéis hacer lo mismo para que no se desequilibre. ¿Habéis entendido?

—¡Síííííííííí…! —respondieron los niños.

—Hay que echarse hacia delante y agarrar con firmeza el cuello. Eso es para que no pierda velocidad y precisión en los saltos. ¿Habéis entendido?

—¡Síííííííííí…! —respondieron los niños.

—¿Tenéis alguna duda?

Y como Muelle la tenía, preguntó:

—¿Puedo llegar a saltar como los saltapiedras?




El maestro de saltos dijo:

—Un niño es un niño y un saltapiedras es un saltapiedras —lo que no respondía a la pregunta.

—Eso ya lo sé —respondió Muelle—. Lo que yo quiero saber es si un niño puede llegar a saltar como un saltapiedras.

El maestro abrió mucho los ojos, desconcertado por la pregunta. Los niños miraron a Muelle y, los más mayores, se rieron de él.


Esa noche, se encontraba sentado con Resorte en el borde más alejado de su piedra, contemplando cómo dormía la luna.

—Papá, ¿los saltapiedras siempre han estado aquí, con nosotros?

—Desde que yo puedo recordar, sí —y se aclaró la garganta-. Sin embargo —continuó Resorte—, el abuelo me contó de pequeño una curiosa historia de exploradores que vinieron de otras tierras caminando.

—¿Me la cuentas? —preguntó Muelle, removiéndose impaciente.

Resorte sabía muy bien que ninguna escusa podría salvarle, y que tendría que contarle la historia a su hijo, le apeteciera o no. De modo que comenzó:





Hace mucho, mucho tiempo, unos cuantos hombres y mujeres vinieron de las tierras bajas, huyendo de las fuertes lluvias y las inundaciones. Sabían trabajar bien la tierra, y alguno de ellos conocía el lenguaje de los animales...

—¿De todos? —quiso saber Muelle.

—Supongo que sí...

Esa interrupción distrajo a Resorte, que se quedó mirando hacia arriba, con la frente arrugada, intentando cogerle de nuevo el hilo a la historia.

—Muchos meses les costó llegar hasta aquí, descubrir este maravilloso montón de piedras y construir sus casitas encima, cada familia en su piedra. Así se sintieron a salvo de las inundaciones. Sin embargo, resultaba engorroso y agotador andar escalando las piedras cada vez que una familia necesitaba algo.

—¿Y qué hicieron? —preguntó Muelle, abriendo mucho los ojos.

—Tu tatarabuelo, que se llamaba Brincos, rastreó durante semanas los alrededores, esperando que la naturaleza le diera algún tipo de solución...

—¿Mi tatarabuelo se llamaba Brincos?

—Siiií... ¿Quieres dejar de interrumpirme?

—Claro, papá.

—Pasaron semanas, como ya he dicho, y un día apareció Brincos montado en un animal muy raro. Se pararon aquí, frente a nuestra casa, y se pusieron a hablar en un extraño lenguaje. Al cabo de un rato de gestos y mohines, pitidos y resoplidos, llegaron a algún tipo de acuerdo. Y aquel animal, que no era otra cosa que un saltapiedras, se alejó saltando nervioso y alegre.

—¿Ya está...?

—Noooo..., al día siguiente llegaron más saltapiedras a Pedregal. Nos ayudarían, a condición de que los cuidáramos, los mantuviéramos y les diéramos caramelos de anís, como si fueran uno más de la familia.

—Y de esa manera solucionaron el problema, ¿verdad, papá?

—Eso es lo que cuenta tu abuelo.

Muelle guardó silencio, con los ojos chispeantes y una sonrisa iluminándole la cara.

El padre había aprendido a temer esos momentos. Recordaba que en más de una ocasión se había dejado arrastrar por alguna de las ideas extravagantes de su hijo, y se había encontrado, sin pretenderlo, colocando gorritos a las manzanas, para que no lo pasaran mal en las noches de invierno; o fabricando unas gafas especiales para ver pasar el tiempo. Y es que Muelle, cuando lo pretendía, sabía ser muy convincente.

Resorte volvió a aclararse la garganta, esta vez con más fuerza:

—¡¡EJEM...!!

—¿Qué pasa, papá.

—Mira, Muelle, eso que dijiste el otro día de saltar como los saltapiedras, a mi me parece imposible.

—Pero yo sé que lo puedo conseguir —le cortó Muelle. Y como conocía bien a su padre, y éste le conocía bien a él, cambió de tema rápidamente—. ¿Sabías, papá, qué el sol deshace las nubes?, ¿lo sabías? ¿Y sabes que por eso se reúnen enfadadas, para preparar tormentas?

—Bueno, bueno, mejor lo dejamos para mañana, que tengo un poco de sueño —y se fue caminando lentamente, intentando sacar algo de brillo a su arrugada nariz.

Ya sólo, Muelle se puso a pensar en la historia que su padre le había contado; le gustaba que su antepasado se llamara Brincos. También recordó las palabras de su madre... y las risas de burla de los otros niños.

Entonces se estremeció y un remolino de cosquillas empezó a dar vueltas y más vueltas alrededor del ombligo.

—Sabré saltar —se dijo a sí mismo—, estoy convencido.





Al día siguiente, observó a los saltapiedras con una determinación en la mirada, que le llevó a comprender cosas que hasta entonces habían permanecido escondidas.

Descubrió una especie de ritual que precedía a los saltos, y que Muelle adoptó en sus entrenamientos. Parecía que el saltapiedras calentaba las articulaciones y estiraba los músculos y tendones que tenían más importancia para el salto.

Así comenzó Muelle a aprender, a pesar de que sus compañeros siguieron riéndose de él. Fue por eso, quizá, que dejó de ver a los otros niños, por eso y por los entrenamientos.

Y aunque no quisiera reconocerlo, de alguna manera algo se fue torciendo en su interior, algo que comenzó a afectarle seriamente.

Hasta que cayó enfermo…


Sus papás, tremendamente preocupados, llamaron a los tres doctores de Pedregal.

Cuando llegaron, dieron algunas vueltas alrededor de la cama. Uno miró a Muelle levantando una ceja más que la otra. Los otros que le vieron, se atusaron los bigotes y le imitaron también.

—Hummm...

—Hummm...

—Hummm... —dijeron los doctores, abriendo maletines y armando un gran revuelo de aspirinas, jarabes y vendas.




—A este niño le pasa algo.

—Exacto, algo.

—Algo, sí.

Los doctores le auscultaron, le miraron la lengua y le apretaron la nariz. Después, preguntaron todos a un tiempo:
—Di 33.

—Di 33.

—Di 33.

Muelle sumó, para contestarles a los tres a la vez:

—99.

Los tres doctores se miraron con los ojos muy abiertos, y dictaminaron sin dudar:

—No sabe decir 33, es evidente.

—Si, no lo sabe.

—Es evidente.

Movieron la cabeza arriba y abajo, para que el veredicto quedase confirmado, y se retiraron cuchicheando a un rincón, haciendo gestos extraños y llevándose las manos a la barbilla.

Entonces, se pusieron a trabajar seriamente en el asunto. Como eran doctores importantes, rellenaron cientos de gráficos y recetas, tosieron durante el proceso buen número de veces, y se colocaron y descolocaron las gafas otras tantas.

Al cabo de un rato, por fín, pusieron sobre la mesita de Muelle un frasco con una etiqueta y le dijeron muy serios:

—33 gotas...

—3 veces al día...

—Con 3 cuentagotas.

Y se fueron trotando, tosiendo y murmurando cosas de doctores.




El abuelo de Muelle, que entendía algo de la magia que mueve a las personas, se acercó a su camita y levantándole con sus enormes y cálidas manos de abuelo, le comentó como de pasada:

—Yo, de pequeño, cuando empecé a hacer nudos con el aire y a desenredar los segundos, me ocurrió algo parecido porque no pude contárselo a nadie. Mis amigos, figúrate, se reían. Y eso que yo no saltaba tan bien como tú.

—¿Tú crees, abuelo, que estoy haciendo algo malo?

—¿Cómo puede ser malo intentar saltar cada vez mejor?

Y el nudo que a Muelle se le había ido formando en el pecho, empezó a desatarse, hasta que rompió a llorar.

Más tarde, enfrentados a un apetitoso desayuno y compartiendo secretos, le susurró al oído:

—Aunque las burlas de tus amigos te pongan triste, no te des por vencido. Si abandonas tus sueños es como si murieras.

Después, vieron como pasaba un silencio muy largo, hasta que el abuelo se levantó del sillón y se alejó caminando sobre una sonrisa.

Muelle pensó que conseguir convencer a los demás iba a ser un reto y una gran aventura. Y se sintió un poco mejor.



A la mañana siguiente, Muelle siguió con sus entrenamientos.

Cada salto lo hacía un poco mejor, y cada salto quería y comprendía más a los saltapiedras. Parecía como si quisieran ayudarle en su propósito, aunque no sabían cómo. Muelle escuchaba los extraños sonidos que emitían, los graciosos silbidos y resoplidos, pero no entendía nada.

Cómo le hubiera gustado poder hablar con ellos, para pedirles que le contaran sus secretos, pero al parecer el único que conocía su lenguaje había sido Brincos.

Pensó en su tatarabuelo y, con los ojos cerrados, le mandó un beso a través del tiempo.



Pasaron los días y, después, las semanas…

Una tarde, sin motivo aparente, el aire se inquietó de repente y caminando sombría por encima de Pedregal, se instaló una tormenta.

Al anochecer comenzó a lloviznar. Nadie entendía, por qué de pronto las nubes se vistieron de negro y el cielo, enfadado, se puso a gritar.
¿Qué querría decir el cielo, con aquel impresionante despliegue de mal genio?

A Muelle, que después de caer enfermo se había vuelto algo aprensivo, se le ocurrió que tal vez fuera suya la culpa, por haber aprendido algo inadecuado. Quizás había roto, sin pretenderlo, el delicado equilibrio de las cosas.

Por eso, tomó la amarga decisión de no volver a imitar jamás a los saltapiedras. Y se lo dijo a las nubes, al cielo y al viento, por si estaba en sus manos volver a dejar de nuevo las cosas sin lluvia y sin truenos.

Así, más tranquilo, se fue aquella noche a la cama.





Sin embargo, lo peor habría de llegar la mañana del siguiente día, cuando todos los peques se encontraban en el cole con Pinturilla y los saltapiedras ya había regresado cada uno a su casa.

Fue entonces, cuando el cielo, iluminado por cimbreantes rayos y temblorosos relámpagos, comenzó a romperse.. Las nubes, empujadas por un viento gris, se derramaron sobre las diminutas casitas de madera y el agua golpeó Pedregal con furia.




Como la escuela se encontraba asentada sobre la piedra más bajita y plana de Pedregal, los papás pensaron que quizás los niños podrían asustarse si a las aguas les daba por subir y subir. Por eso corrieron hacia los saltapiedras.

Pero aquel desbarajuste de cielo, lleno de luces blancas y rayas bailando con tanto alboroto, era algo que los tenía desconcertados. Y como no entendían nada de nada, se quedaron inmóviles, con la cabeza metida bajo la cama. De nada sirvieron caricias y ruegos. Ni siquiera el aroma de los caramelos de anís logró deshacer esa especie de rígido encantamiento.





Y las aguas en torno a la escuela empezaron a crecer...

A Ballesta se le hincharon los ojos de tanto mirar fijamente a la escuela. Y aunque Resorte gritaba, echando chispas de furia y palabras afiladas por la boca, al saltapiedras debió parecerle mucho más impresionante el terrible bramido del trueno. De modo que no se movió, incluso intentó meter un poco más la cabeza bajo la cama.

Los niños se apretaban en torno a Pinturilla. Seguro que no pensaban que el agua pudiera representar un peligro allí, protegidos como estaban dentro del cole. Los silbidos del viento y el crujir de la madera eran, sin lugar a dudas, más estremecedores, sobre todo cuando algún rayo cruzaba pavoneándose por la ventana.

En cualquier caso intentaron seguir con la lección, ya que no podían hacer otra cosa:

—La lu...luna y la tierra hablaban sin parar, y las estrellitas...tas escu...cuchaban nada más... —recitaba tembloroso Topeco.

A Muelle se le ocurrió que ya que los cielos parecían no haberle perdonado, tal vez pudiera romper su promesa si eso servía para sacarlos de aquel apuro. Así que le dijo a Abichuelo, el más pequeño:

—Sube a mi espalda y agárrate fuerte.



Todos pudieron ver asombrados como se alejaban saltando de piedra en piedra en medio de aquel torbellino, hasta que consiguió poner a Abichuelo a salvo, en una de las piedras más altas.

Pinturilla y los niños aún no habían terminado de creérselo, cuando vieron a Muelle de regreso, colocándose a Pepino a la espalda:

—Hale, Pepino. No te vayas a soltar.

Parecía que Muelle, brincando de piedra en piedra, acabaría por salvarlos a todos.

De repente, desde el centro de una espiral de nubes, surgió un resplandor y del cielo cayeron más gritos. Allí estaba de nuevo el imponente vozarrón del trueno, y esa voz terrible y quebrada se fue repitiendo hasta que ya no hubo otro sonido sobre la tierra.

Pero Muelle no se asustó, porque jamás se había sentido tan fuerte y tan decidido. Y es que nunca le habían salido unos saltos tan grandes.



Cuando los niños se encontraron de nuevo en sus casas, calentitos y de buen humor, los habitantes de Pedregal descubrieron que la tormenta se había esfumado con la misma pasmosa rapidez con que había aparecido.

Por fin, la tarde se fue despidiendo del sol para convertirse en noche, con su bonito pijama de luna y estrellas.

Muelle vio entonces la sonrisa de las estrellas:

—Me llamo Verde.

—Soy Amarilla.

—Yo soy Azul.

Y supo que aquello era un guiño que el cielo le hacía.





Después de vivir la aventura de la tormenta, Pedregal se vio transformada para no ser ya la misma. Cada piedra lucía nuevos y vistosos detalles que dejaban a sus gentes algunos momentos risueñas y otros pasmadas.

De los almendros decían que iban a reventar con tanta abundancia; el olivo de la piedra de los Topeco, se hubiera quebrado de no haberle vendado las grietas del tronco con fibra de resina; y no os he contado que la hierba se vistió con doscientos tonos distintos de verde, cien de amarillo y ochenta de malva.

Había trozos de agua por aquí y reflejos de cielo por allá, porque los habitantes de Pedregal descubrieron los charcos.

Y estuvieron contentos mientras les duraron.





Más tarde, decidieron trasladar la escuela a una piedra más alta. Pinturilla y los niños, con cierto respeto, le pidieron a Muelle que les enseñara la técnica del salto que tan bien había llegado a dominar.

Muelle se sentía feliz, pues una nueva idea había comenzado a dar vueltas por su cabeza: tenía la impresión de que no iba a ser demasiado difícil llegar a entender algún día el lenguaje de los saltapiedras.

Por lo menos ahora que saltaba tan bien como ellos.

Pensaba, y así se lo dijo a su abuelo, que le había gustado pasar por aquella prueba. Ahora se sentía más grande y, sin embargo, no había crecido.